Miércoles 27 de septiembre del 2017

Lucía Zamora Rivera, 36 años. Trabajaba en una oficina en Álvaro Obregón 286. Éste es su testimonio

Comenzó a temblar y tomé mi celular, me dirigí a la recepción y un compañero, Isaac, nos decía que nos dirigiéramos hacia las escaleras de emergencia. No alcancé a llegar, me quedé a la mitad del camino, cuando el techo se desplomó encima de nosotros. Cuando todo terminó de caer lo primero que hice fue tomar mi celular, ver si podía hacer una llamada, pero no había llamadas, después recé.

Conforme pasaban las horas poco a poco fuimos aceptando la realidad y cada vez que escuchábamos ruidos, gritábamos para que nos escucharan: ayuda, estamos aquí. Al día siguiente como entre cuatro y cinco de la tarde comenzamos a escuchar más ruido, maquinaria más cerca, ahí fue cuando nos unimos para gritar.

Pasaron otras cinco o seis horas antes de ser liberados. Los rescatistas nos hacían bromas. Nos hacían prometerles que les invitaríamos a una cena. Nos decía que tenía una linda sonrisa. Nadie debe perder la esperanza ante la vocación y la perseverancia de los rescatistas.

Estiré un brazo y el rescatista me tomó de la mano. Aunque todavía no veía la luz, me pusieron un arnés y me terminaron de sacar. Llovía y la lluvia en la cara fue la sensación más maravillosa de la vida. De gratitud. Todos los rescatistas aplaudían. Cada vida que salvan es una celebración. Lo toman como un nacimiento.

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