Jueves 08 de marzo del 2018

ACENTO: Salvador Flores Llamas

*“Dimes y diretes” de Peña Nieto

El presidente Peña Nieto dijo que son puros “dimes y diretes” que él utilice la PGR para perseguir a Ricardo Anaya; pero los “dimes y diretes” del pueblo indican lo contrario.

Cuando Peña incitó a los medios informativos a “no engancharse” en ese asunto, el que se enganchó fue Meade, y envió el mensaje a Anaya de “no seas rajón”, y deja de lavar dinero.

Ni Peña ni Meade soportan que por culpa de los estrategas de éste no levante su candidatura, por más encuestas publicadas por medios oficiosos quieran hacer creer lo contrario; el sol no puede taparse con un dedo y menos pueden hacer milagros políticos inexpertos.

Muestra de lo oficioso de algunos medios es que “denunciaron” que Damián Zepeda, líder del PAN, viajó en avión de primera clase a Guadalajara, mientras Meade lo hacía en clase turista. ¿Eso es prueba de corrupción?

Esos son los planteamientos entre dos candidatos presidenciales, mientras Andrés Manuel se ríe y carcajea, pues el PRI-gobierno hace campaña en su favor, al tratar de eliminar al contrincante más aguerrido, para que Meade sea quien se mida con él, y ya le tiene preparados unos obuses de largo alcance, que cree que no resistirá.

Anaya dijo que de ganar la Presidencia, castigará a los corruptos de este gobierno, empezando por Peña, y vaya si tendrá tela de donde cortar, pues diario surgen más casos, como que en este sexenio el 70% de los contratos de obras públicas se otorgan sin licitación, mediante moches, según el Instituto Mexicano para la Competitividad.

El pueblo ya acuñó la expresión “la estafa maestra” para referirse a los robos al erario de los exgobernadores priistas Javier y César Duarte y Roberto Borge, a los que hay que agregar al nayarita Roberto Sandoval, y Rosario Robles

Pero la PGR ha sido más diligente para perseguir al “joven maravilla”, que para indagar a esos próceres y a Lozoya Austin, acusado de que recibió de Odebrecht 10 millones de dólares para la campaña presidencial de Peña.

Para desgracia de Peña, se le cayó el ligero repunte de aceptación que había ganado entre el pueblo, y se reafirmó como la lacra principal que debe remolcar Meade, y ya nadie le cree que aumentó el empleo y mejoró la economía, mientras crecieron la informal y el desempleo, como lo vemos todos.

Entre tanto crece el convencimiento entre la gente del uso faccioso que el gobierno da a la PGR y al SAT para perseguir a sus enemigos, y de que puede “voltearse el chirrión por el palito” en favor del acorralado Anaya.

Pues es probable que la cacería que Peña realiza en su contra, más que perjudicarlo, lo beneficie y le atraiga más votos, según preanuncian mentes lúcidas.

Por desgracia, Peña, impulsa la “guerra sucia electoral”, en vez de sentar bases para mejorar nuestra democracia, que haya más armonía entre los mexicanos y ganemos prestigio en los países.

Y no paran ahí los designios del presidente, pues va a querer hacer ganar a su candidato como sea y, aparte de deteriorar más nuestra democracia, dará pie a que López Obrador conteste con idéntica moneda.

Él también está dispuesto a ganar a como dé lugar y a que no le arrebaten el triunfo “otra vez”; lo ha dicho de mil maneras y sus fans propalan por las redes sociales que habría guerra civil.

Peña debería tenerlo muy presente, y no querer hacer triunfar a su candidato a fuerza, con otra elección de Estado, como hizo en el Edomex con su primo Alfredo del Mazo III, o en Coahuila con Miguel Riquelme y con la aquiescencia del Tribunal Federal Electoral.

Ni la gente y mucho menos el Peje se chupan el dedo. Peña se equivoca si nos ve como ingenuos y no percibe que el dueño de Morena tiene todo preparado para alzarse con el poder, si no se le derrota con contundencia e inobjetablemente, de manera que no pueda invocar fraude.

No vaya a ser que Peña, montado en su macho, consume otra elección de Estado y pase a la historia como el aprendiz de tiranuelo que dio pretexto a la guerra civil con que el Peje planea asaltar al poder, le pese a quien le pese, para convertirse en el dictador-salvador de la Patria, al estilo de Fidel Castro, que desde 1959 no suelta el poder, pese a haber muerto, a través de su hermano Raúl, que mantiene una gerontocracia decrépita en Cuba.

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