Lunes 23 de abril del 2018

ACENTO: Por Salvador Flores Llamas

*La autodestrucción del PRI

Manuel Bartlett, secretario de Gobernación con el presidente De la Madrid, se convirtió en el enterrador del PRI al salir con que se cayó el sistema (de cómputo de los votos) para encubrir la derrota de Salinas de Gortari, candidato presidencial de su entonces partido en 1988.

El triunfador Cuauhtémoc Cárdenas reconoció a Salinas a cambio del registro del PRD, (entonces los otorgaba Gobernación), creyó que así afianzaría su aspiración presidencial y la alianza de partidos que lo apoyó coló fuertes contingentes en ambas cámaras del Congreso.

Pero el hijo del Tata quedó en tercer lugar en 1994, atrás de Ernesto Zedillo (PRI) y de Diego Fernández de Cevallos (PAN).

Cuauhtémoc fue derrotado de nuevo el 2000 por Vicente Fox, el primer “panista” que ganó la Presidencia, y ahí terminó su aventura presidencial pues en 2006 su hijo político López Obrador lo despojó de la candidatura y del partido, y ahora va en su tercera campaña.

En 1987 Cuauhtémoc (sentía que la Presidencia le tocaba por derecho de herencia) y Porfirio Muñoz Ledo, despechados por no haber sido señalados por “el dedo” candidatos presidenciales del PRI, desprendieron de éste la corriente democrática, arrastraron a muchos seguidores y a partidos de izquierda, y lanzaron a Cárdenas hacia Los Pinos.

Sus diputados y senadores increparon sin piedad al presidente De la Madrid en su sexto informe e intentaron frenar en la Cámara de Diputados la calificación de Salinas de Gortari de presidente electo (era la usanza). Pero los frenó el diputado del PRI Miguel Montes García, presidente de la Cámara y del Congreso.

En 1994 los berrinches de Camacho Solís que quiso arrebatar la candidatura priista a Colosio afectaron seriamente al PRI y aún más el asesinato de Luis Donaldo en plena campaña. Zedillo, el sustituto, sólo pudo ganar por la nada graciosa huida del Jefe Diego.

Con Salinas el PRI dejó de ser hegemónico: en 1989 tuvo que reconocer al panista Ernesto Rufo primer gobernador de oposición (en 60 años) de Baja California.

El PRI perdió el DF en 1997; elegido primer jefe de gobierno, Cárdenas navegó de muertito para no exponerse a meter el choclo y sepultar su ambición por Los Pinos; el tricolor dejó de liderar la Cámara de Diputados y la oposición unida lo hizo ver su suerte.

Fox dejó intacta la estructura político-electoral que sostuvo al PRI; apoyó los caprichos de su esposa Marta Sahagún y su aspiración presidencial, y se dijo traicionado por quien no era su candidato para sucederlo, Felipe Calderón, quien se lanzó por el PAN y derrotó internamente a Santiago Creel, secretario de Gobernación.

Las gubernaturas empezaron a caer como en racimo para el PAN y algunas para el PRD; el PRI recuperó algunas en ese rejuego; sólo no ha soltado Colima, Hidalgo Edomex y Coahuila. El TRIFE ayudó a Peña a consumar elecciones de Estado en los dos últimos, con fallos tan cuestionables como el que regaló la candidatura al Bronco, y puso en entredicho su imparcialidad para definir la contienda presidencial.

En 2016, al ganar Omar Fayad el gobierno de Hidalgo, el PRI perdió la Cámara de Diputados y la mayoría de municipios; eso contó para que Osorio Chong no fuera el candidato presidencial. Se sentía seguro por ser el secretario de Gobernación, pero el gran elector fue Videgaray, su rival político encarnizad.

“El hijo desobediente”, como se autollamó Calderón, pudo vencer en 2006 la dura competencia del Peje, gracias a que la lideresa del SNTE Elba Esther Gordillo lo apoyó y movió a gobernadores priistas a que le aportaran votos, pues se había peleado con Roberto Madrazo, líder del PRI, que se agandalló la candidatura presidencial.

Recordemos aquel estribillo que echó a andar: “¿Tú le crees a Madrazo? Yo tampoco”.

Roberto no dio pelea, mandó de nuevo al PRI al socavón, se embuchacó mil millones que recibió para su campaña y se chamuscó políticamente.

El PRI respiró con un obscuro político mexiquense, Enrique Peña Nieto, promovido por Arturo Montiel, su tío y gobernador del Edomex. Peña se alió a gobernadores priistas que le aportaron caudales de dinero para su campaña, y ya en el poder les pagó haciéndose de la vista gorda ante los saqueos que consumaron en sus entidades.

Destacaron entre ellos Javier Duarte, de Veracruz; César Duarte, de Chihuahua, y Roberto Borge, de Quintana Roo; Peña los dejó expatriarse sin entregar el poder, para que no los detuvieran al perder el fuero. Repatrió a Duarte de Ochoa y Borge, pero sus procesos no avanzan y esperan quedar libres con el cambio presidencial.

A Duarte Jaquez no lo han detenido, aunque está bien ubicado en Texas; la PGR le quita culpas, maniobra que con las anteriores perjudican a Meade, candidato presidencial del PRI, que carga además con el lastre de corrupción del propio Peña y otros miembros del gabinete, como Rosario Robles, el colmo del descaro.

Para desgracia de Meade, en el sexenio llegaron al máximo corrupción, impunidad, ineficacia, inseguridad pública, crímenes, pobreza y economía fallida.

Ante tan negro panorama se antoja imposible que J. Antonio gane la presidencia, y se lo facilita a Amlo, quien está en un lejano primer lugar en las preferencias y costará mucho bajarlo.

Se calcula que hoy el PRI llegará a sólo 20 senadores (de elección directa, plurinominales y de primera minoría) Por México al Frente tendrá 44, Morena 55; ninguno logrará mayoría absoluta y todos requerirán aliarse entre sí para aprobar las leyes que les interesen.

Aurelio Nuño, dizque coordinador de la campaña de Meade, promovió un ultimátum para que si no gana el primer debate, él lo sustituya, con sólo experiencia burocrática, sin colmillo político, como lo ha demostrado con creces, ni la preparación académica, experiencia de 4 secretarías de Estado ni el fogueo internacional de J. Antonio.

A estas alturas eso sería darle de plano el tiro de gracia al expartidazo.

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@chavafloresll